lunes, 8 de octubre de 2018

RECORDANDO.

Cada uno de nosotros tenemos nuestra cajita de recuerdos y, al igual que el escritor francés Proust, también tenemos nuestras “magdalenas” que nos conectan con un momento de nuestro pasado: una canción que nos transporta a las fiestas del pueblo, un perfume cuyo aroma nos hace pensar en alguien especial, un plato de comida que nos recuerda a una cena de Navidad con la familia… Mi pasión por los gatos viene de muy lejos y cada vez que acaricio a Zoumba -esa bolita de pelos que me hace compañía-, cada vez que oigo su ronroneo mientras se acurruca en mis piernas vienen a mi mente olores, sabores, recuerdos de los veranos de mi infancia: la hierba fresca bajo mis pies, los baños en la piscina, las noches de verano buscando luciérnagas, los largos paseos en bicicleta… Pero sobre todo me hace pensar en todos los gatitos que pululaban siempre alrededor de mí, que me seguían a todas partes y con los que pasaba largas horas jugando.



RECORDANDO. LA MAGDALENA DE PROUST




El francés Marcel Proust (1871-1922), uno de los grandes renovadores de la novela contemporánea, es el creador de una obra singular convertida en uno de los grandes hitos de la narrativa del siglo xx: la serie En busca del tiempo perdido(1913-1927) formada por siete novelas (o una sola novela en siete partes), a cuya redacción dedicó el autor casi toda su vida, encerrado en una habitación con las paredes cubiertas de corcho. En ella el narrador protagonista, con idéntico nombre que el autor, explora su propio pasado, evocado por una memoria sensitiva. Para el autor, la vida, la realidad, es básicamente un conjunto de sensaciones que solo la escritura es capaz de recuperar, y en su obra la memoria sensitiva o sensorial actúa como motor del recuerdo.
De las siete novelas que forman En busca del tiempo perdido, Por el camino de Swann es la que inicia la serie. El protagonista adulto recorre por París los lugares, en especial el Bosque de Bolonia, asociados a su amor adolescente, y al hilo de su evocación surge también el recuerdo de su infancia en el pueblo de Combray, relacionando subjetivamente recuerdos y sensaciones. En el fragmento seleccionado, uno de los más conocidos de la obra, el sabor de una magdalena empapada en té despierta en el narrador el recuerdo de su infancia.


Hace ya muchos años que, de mi infancia en Combray, solo existía para mí la tragedia cotidiana de acostarme. Un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso tomar, contra mi costumbre, un poco de té. Dije que no, primero, pero luego, no sé por qué, cambié de opinión. Mandó a comprar uno de esos bollos pequeños y rollizos que se llaman magdalenas [...] Pronto, maquinalmente, agobiado por el día triste y la perspectiva de otro igual, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había dejado reblandecer un trozo de magdalena. Pero, en el instante mismo que el trago de té y migajas de bollo llegaban a mi paladar, me estremecí, dándome cuenta de que pasaba algo extraordinario. Me había invadido un placer delicioso, aislado, sin saber por qué, que me volvía indiferente a vicisitudes de la vida [...]

¿De dónde podía haberme venido esta poderosa alegría? Me daba cuenta de que estaba unida al gusto del té y del bollo, pero lo sobrepasaba infinitamente, no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Cómo apresarla? [...]
Y, de repente, el recuerdo aparece. Ese gusto es el del trocito de magdalena que el domingo por la mañana en Combray (porque ese día yo no salía antes de la hora de misa), cuando iba a decirle buenos días a su habitación, mi tía Leonie me daba, después de haberlo mojado en su infusión de té o de tila. La vista de la pequeña magdalena no me había recordado nada, antes de probarla; quizá porque, habiéndolas visto a menudo después, sin comerlas, sobre las mesas de los pasteleros, su imagen había dejado esos días de Combray para unirse a otros más recientes [...]
Y desde que reconocí el gusto del trocito de magdalena mojada en la tila que me daba mi tía (aunque todavía no supiera y debiera dejar para más tarde el descubrir por qué ese recuerdo me hacía feliz), en seguida la vieja casa gris, donde estaba su habitación , vino como un decorado teatral a añadirse al pequeño pabellón que estaba sobre el jardín ...
                         Marcel Proust, Por el camino de Swann

miércoles, 3 de octubre de 2018

LITERATURA. LÍRICA


ANTONIO MACHADO CANTARES

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...
Nunca perseguí la gloria.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar:
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse, le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso.

FEDERICO GARCÍA LORCA. ROMANCE SONÁMBULO
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas

FEDERICO GARCÍA LORCA. MUERTE DE ANTOÑITO EL CAMBORIO

Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavó sobre las botas
mordiscos de jabalí.
En la lucha daba saltos
jabonados de delfín.
Bañó con sangre enemiga
su corbata carmesí,
pero eran cuatro puñales
y tuvo que sucumbir.
Cuando las estrellas clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verónicas de alhelí,
voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
*
Antonio Torres Heredia,
Camborio de dura crin,
moreno de verde luna,
voz de clavel varonil:
¿Quién te ha quitado la vida
cerca del Guadalquivir?
Mis cuatro primos Heredias
hijos de Benamejí.
Lo que en otros no envidiaban,
ya lo envidiaban en mí.
Zapatos color corinto,
medallones de marfil,
y este cutis amasado
con aceituna y jazmín.
¡Ay Antoñito el Camborio
digno de una Emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.
¡Ay Federico García,
llama a la Guardia Civil!
Ya mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.
*
Tres golpes de sangre tuvo
y se murió de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.
Un ángel marchoso pone
su cabeza en un cojín.
Otros de rubor cansado,
encendieron un candil.
Y cuando los cuatro primos
llegan a Benamejí,
voces de muerte cesaron
cerca del Guadalquivir.


LA AMISTAD

 1. ¿Qué es para ti la amistad? ¿Qué importancia tiene la amistad?  2. Ordena según la importancia que tienen en tu vida: amistad, familia, ...